Moverse es una de las capacidades fundamentales del cuerpo humano.
Caminamos, subimos escaleras, levantamos objetos, trabajamos, practicamos deportes y realizamos innumerables actividades que requieren movimiento. Sin embargo, muchas veces comenzamos a preocuparnos por nuestra capacidad física solamente cuando aparece dolor, sufrimos una lesión o alguna actividad que antes realizábamos con facilidad empieza a resultar difícil.
La Kinesiología aborda precisamente el movimiento y la función humana, tanto desde la prevención como desde la evaluación, recuperación y mantenimiento de nuestras capacidades físicas.
Y dentro de este ámbito, el ejercicio constituye una de las herramientas con mayor respaldo científico para cuidar nuestra salud.
ACTIVIDAD FÍSICA Y EJERCICIO NO SON EXACTAMENTE LO MISMO
Aunque suelen utilizarse como sinónimos, existen algunas diferencias.
La actividad física comprende cualquier movimiento corporal producido por los músculos esqueléticos que requiere gasto energético. Caminar hacia el trabajo, subir escaleras, realizar tareas domésticas o desplazarse en bicicleta son ejemplos de actividad física.
El ejercicio, en cambio, corresponde a una forma de actividad física que se realiza de manera planificada, estructurada y repetitiva con el objetivo de mantener o mejorar determinados componentes de la condición física.
Esta distinción es importante porque no necesitamos practicar un deporte para obtener beneficios asociados al movimiento.
Moverse más durante el día ya puede ser relevante para nuestra salud.
NUESTRO ORGANISMO NECESITA MOVIMIENTO
Los beneficios de la actividad física no se limitan a mejorar nuestra apariencia o controlar el peso corporal.
La evidencia científica muestra que mantenerse físicamente activo se relaciona con numerosos resultados de salud.
Una amplia revisión publicada en The Lancet encontró una relación entre mayores niveles de actividad física y menor riesgo de mortalidad y de diferentes enfermedades crónicas, incluyendo enfermedad cardiovascular y diabetes (Kyu et al., 2016).
La actividad física también contribuye a mantener la capacidad cardiorrespiratoria, fuerza muscular, movilidad y función física.
Esto adquiere especial relevancia a medida que envejecemos.
Mantener la fuerza, el equilibrio y la capacidad de desplazamiento permite continuar realizando actividades cotidianas con mayor autonomía. Por ello, el ejercicio no debería entenderse únicamente como una actividad deportiva: también puede ser una herramienta para mantener nuestra capacidad de funcionar en la vida diaria.
EL EJERCICIO TAMBIÉN PUEDE FORMAR PARTE DE LA PREVENCIÓN Y EL TRATAMIENTO
Durante mucho tiempo se recomendaba reposo frente a numerosas condiciones musculoesqueléticas.
Actualmente sabemos que, en muchos problemas de salud, el movimiento y el ejercicio adecuadamente indicados pueden formar parte del tratamiento.
Por ejemplo, en personas con artrosis de rodilla, revisiones sistemáticas han mostrado que el ejercicio puede producir mejoras en dolor y función física (Fransen et al., 2015).
Algo similar ocurre con algunos cuadros de dolor lumbar. La evidencia disponible muestra que los programas de ejercicio pueden reducir el dolor y mejorar la función en personas con dolor lumbar crónico, aunque no existe un único tipo de ejercicio que sea necesariamente el mejor para todas las personas (Hayden et al., 2021).
Este último punto es importante.
Que el ejercicio sea beneficioso no significa que cualquier ejercicio sea adecuado para cualquier persona.
¿POR QUÉ EL EJERCICIO DEBE ADAPTARSE A CADA PERSONA?
Dos personas con el mismo diagnóstico pueden presentar capacidades, síntomas y objetivos completamente diferentes.
Una puede necesitar recuperar fuerza después de una lesión. Otra puede requerir mejorar su movilidad. Otra puede buscar aumentar su capacidad cardiorrespiratoria, recuperar seguridad para realizar determinadas actividades o volver progresivamente a practicar un deporte.
Por ello, la prescripción de ejercicio puede considerar variables como el tipo de ejercicio, intensidad, duración, frecuencia, progresión y recuperación.
También deben considerarse antecedentes de salud, nivel de actividad previo, presencia de dolor, capacidad funcional y objetivos personales.
Desde esta perspectiva, el ejercicio deja de ser simplemente “hacer actividad física” y se convierte en una intervención que puede planificarse y dosificarse de acuerdo con necesidades específicas.
¿EL DOLOR SIGNIFICA QUE DEBEMOS DEJAR DE MOVERNOS?
No necesariamente.
El dolor es una experiencia compleja y no siempre existe una relación directa entre su intensidad y el grado de daño de los tejidos.
En algunas lesiones agudas puede ser necesario modificar temporalmente determinadas actividades. Sin embargo, en numerosos problemas musculoesqueléticos persistentes, evitar completamente el movimiento puede contribuir a reducir progresivamente la capacidad física.
Esto tampoco significa que debamos ignorar el dolor o “entrenar a pesar de todo”.
La evaluación permite determinar qué movimientos pueden realizarse, cuáles conviene modificar temporalmente y cómo recuperar progresivamente la función.
El objetivo no es simplemente eliminar un síntoma, sino favorecer que la persona pueda volver a realizar las actividades que necesita o quiere desarrollar.
MOVERSE TAMBIÉN SE RELACIONA CON NUESTRA SALUD MENTAL
Los beneficios del ejercicio no terminan en músculos, articulaciones o sistema cardiovascular.
Existe abundante investigación sobre su relación con el bienestar psicológico y la salud mental.
Un metaanálisis en red publicado en The BMJ, que reunió 218 estudios y 14.170 participantes con depresión, encontró que distintas modalidades de ejercicio se asociaban con reducciones de los síntomas depresivos (Noetel et al., 2024).
Estos resultados no significan que el ejercicio sustituya automáticamente a otros tratamientos cuando existe un problema de salud mental. Sí muestran que los efectos del movimiento alcanzan distintas dimensiones de nuestra salud.
Esta relación es coherente con una comprensión integral de la persona: nuestra salud física y mental no funcionan como sistemas completamente independientes.
¿NECESITAMOS HACER EJERCICIO INTENSO PARA OBTENER BENEFICIOS?
No.
Uno de los errores frecuentes es pensar que la actividad física solamente produce beneficios cuando entrenamos intensamente.
La evidencia muestra que realizar cierta actividad física es mejor que permanecer completamente inactivo y que los beneficios pueden obtenerse con distintos niveles y modalidades de movimiento.
La Organización Mundial de la Salud recomienda para los adultos acumular entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física aeróbica de intensidad moderada, o entre 75 y 150 minutos de intensidad vigorosa, además de realizar actividades de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.
Estas cifras son recomendaciones poblacionales y no objetivos que todas las personas deban alcanzar inmediatamente.
Para alguien que lleva mucho tiempo inactivo, comenzar progresivamente también constituye un avance relevante.
¿CUÁNDO PUEDE SER ÚTIL CONSULTAR A UN KINESIÓLOGO?
La Kinesiología no interviene solamente después de una lesión.
Una evaluación puede ser útil cuando existe dolor o una limitación del movimiento, después de una lesión o cirugía, cuando disminuye la capacidad para realizar determinadas actividades o cuando se necesita recuperar progresivamente la función.
También se puede consultar sin que exista una lesión o enfermedad, por ejemplo, para comenzar a realizar actividad física de manera planificada o contar con un plan de entrenamiento personalizado, diseñado de acuerdo con las capacidades, objetivos y características individuales.
Este tipo de planificación puede orientarse a mejorar fuerza, resistencia, movilidad, capacidad cardiorrespiratoria o condición física general. También puede ser útil para quienes desean retomar el ejercicio después de un período de inactividad, prepararse para determinadas actividades físicas o deportivas o simplemente incorporar el ejercicio de manera segura y sostenible a su vida cotidiana.
La evaluación permite considerar aspectos como el nivel de actividad previo, condición física, antecedentes de salud, posibles limitaciones, disponibilidad, preferencias y objetivos personales. A partir de ello, el ejercicio puede planificarse considerando variables como tipo, frecuencia, intensidad, duración y progresión. Por eso, más que preguntarnos únicamente:
“¿Tengo que hacer más ejercicio?”
puede ser útil preguntarnos:
“¿Qué necesito mejorar para moverme y funcionar mejor en mi vida cotidiana?”
La respuesta no será necesariamente la misma para todas las personas.
El movimiento forma parte de nuestra vida durante todas sus etapas. Cuidar nuestra capacidad para movernos es también una forma de cuidar nuestra salud y nuestra autonomía
REFERENCIAS
Fransen, M., McConnell, S., Harmer, A. R., Van der Esch, M., Simic, M., & Bennell, K. L. (2015). Exercise for osteoarthritis of the knee. Cochrane Database of Systematic Reviews, (1), CD004376. https://doi.org/10.1002/14651858.CD004376.pub3
Hayden, J. A., Ellis, J., Ogilvie, R., Malmivaara, A., & van Tulder, M. W. (2021). Exercise therapy for chronic low back pain. Cochrane Database of Systematic Reviews, 9(9), CD009790. https://doi.org/10.1002/14651858.CD009790.pub2
Kyu, H. H., Bachman, V. F., Alexander, L. T., Mumford, J. E., Afshin, A., Estep, K., Veerman, J. L., Delwiche, K., Iannarone, M. L., Moyer, M. L., Cercy, K., Vos, T., Murray, C. J. L., & Forouzanfar, M. H. (2016). Physical activity and risk of breast cancer, colon cancer, diabetes, ischemic heart disease, and ischemic stroke events: Systematic review and dose-response meta-analysis for the Global Burden of Disease Study 2013. BMJ, 354, i3857. https://doi.org/10.1136/bmj.i3857
Noetel, M., Sanders, T., Gallardo-Gómez, D., Taylor, P., Del Pozo Cruz, B., Van den Hoek, D., Smith, J. J., Mahoney, J., Spathis, J., Moresi, M., Pagano, R., Pagano, L., Vasconcellos, R., Arnott, H., Varley, B., Parker, P., Biddle, S., & Lonsdale, C. (2024). Effect of exercise for depression: Systematic review and network meta-analysis of randomised controlled trials. BMJ, 384, e075847. https://doi.org/10.1136/bmj-2023-075847
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